La reciente desclasificación de miles de documentos del Departamento de Justicia de los Estados Unidos volvió a sacudir el tablero del poder, el dinero y las relaciones incómodas. Entre los nombres que aparecen mencionados en los archivos vinculados a Jeffrey Epstein, acusado de encabezar una red internacional de tráfico sexual de menores, figura el del peluquero argentino Roberto Giordano.
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Según los reportes oficiales dados a conocer, extractos bancarios indicarían que Epstein realizó en distintas oportunidades transferencias de dinero a Giordano, la mayoría por montos cercanos a los 500 dólares. No se trata de una imputación judicial, pero sí de un vínculo financiero documentado, surgido de un universo de más de tres millones de archivos desclasificados, que incluyen miles de videos e imágenes incorporadas recientemente al expediente.
Los documentos también revelan que Epstein estuvo en Uruguay en diciembre de 2016, un dato que suma inquietud si se observa el recorrido previo del estilista argentino. Durante los años de mayor exposición mediática, Giordano convirtió a Punta del Este en su escenario predilecto: cada verano organizaba allí fastuosos desfiles de modelos que concentraban atención, sponsors y cobertura internacional.
La confirmación de la presencia de Epstein en el país surgió de un intercambio de correos electrónicos con el ex primer ministro israelí Ehud Barak, fechados el 29 de diciembre de 2016. En esos mensajes, el financista posponía un encuentro alegando un viaje urgente a Punta del Este, según informó el medio uruguayo Montevideo Portal.
Pasarelas, adolescentes y controles ausentes
La coincidencia geográfica y temporal vuelve a poner bajo la lupa una práctica que durante años fue naturalizada en torno a los eventos del peluquero: la participación de modelos adolescentes menores de edad, en desfiles de alto perfil, con fuerte exposición mediática y comercial.
Durante más de una década, los shows de Giordano funcionaron como vidrieras de lanzamiento para chicas muy jóvenes, presentadas como “promesas” del modelaje. Padres y madres autorizaban la participación de sus hijas confiando en la figura pública del estilista, su presencia constante en televisión y el prestigio que había construido en el mundo del espectáculo. En ese contexto, la pregunta por los controles parecía no existir.
No había inspecciones visibles, ni protocolos claros, ni una supervisión estatal sistemática. Las pasarelas funcionaban como un territorio gris, donde el glamour tapaba la edad y la exposición temprana se justificaba como oportunidad.

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El quiebre de 2006
Ese silencio se quebró recién en el verano de 2006, cuando las autoridades uruguayas intervinieron de manera formal. El Instituto Nacional del Niño y del Adolescente del Uruguay (INAU) notificó a Giordano que no podrían participar modelos menores de 15 años, recordando que la normativa nacional e internacional habilita el trabajo artístico solo a partir de esa edad.
El organismo también prohibió el uso de su nombre en la promoción del desfile, luego de constatar que donaciones anunciadas públicamente en ediciones anteriores nunca se habían concretado. Funcionarios del instituto señalaron que no existió ningún acuerdo para presentar el evento como “a beneficio” y que se analizaba incluso la posibilidad de acciones legales.
El episodio dejó al descubierto algo más profundo: durante años nadie había mirado de cerca qué pasaba detrás de esos desfiles, quiénes participaban, bajo qué condiciones y con qué controles efectivos.

Preguntas que no prescriben
Giordano falleció en noviembre de 2024, a los 79 años, tras pasar sus últimos años radicado en Uruguay y lejos del brillo mediático. Su carrera había quedado marcada por una condena por defraudación al Estado y el incumplimiento en el pago de aportes a más de 500 empleados.
Hoy, su nombre reaparece no en una pasarela, sino en uno de los expedientes más perturbadores del siglo XXI. Los desfiles con adolescentes, la confianza ciega de las familias, la ausencia de controles durante años, las promesas benéficas incumplidas y los vínculos financieros documentados con Epstein no configuran una condena judicial, pero sí un entramado de hechos que obliga a mirar hacia atrás con otros ojos.
Porque cuando el poder, el dinero y la exposición se cruzan con menores de edad, las preguntas que no se hicieron a tiempo nunca prescriben.










